Para muchos viajar es un placer, para otros es una tortura, pero para mi es una mezcla singular entre ambos. La primera vez que me monté a un avión iba felizmente corroncho, todo marchaba a la perfección hasta que a mitad de vuelo el piloto anunció que nos devolvíamos al aeropuerto por una supuesta fuga de combustible. Al descender del avión todo era confusión, minutos después observamos que mecánicos del aeropuerto destapaban una turbina del aeroplano, por lo tanto la fuga de combustible era una mentira que nos habían dicho como para no preocuparnos en demasía.
A partir de esa experiencia todo cambió para mi. Subirme a un avión se ha convertido en un trauma que muchas veces trato de aliviar con alcohol. Cada vez que tengo que volar trato de tener unos tragos encima, o por lo menos unas cervezas, estar 100% consciente no es una opción, a esto hay que añadirle que sufro de vértigo. Una vez subí tan ebrio a un avión que no recuerdo como subí, solo se que me registré en el módulo de la aerolínea y un segundo después estaba dentro del avión, ¿hubo un salto en el tiempo? No se, así lo sentí.
No solo ese trauma en mi primer vuelo hace que tenga pánico al montarme en un avión, el séptimo arte también ha influenciado en ese sentimiento adverso a viajar. Me ha quedado de costumbre bajar la bandeja antes de despegar esperando a que no se me quede una pieza en la mano, como en la primera película de "Destino final", también pienso en el discurso de Tyler Durden sobre las máscaras de oxígeno en "El club de la pelea" cuando las azafatas están dando las instrucciones antes de despegar; y de dormir ni hablar, no vaya a ser que me pase como Fisher en "El origen" y me roben las ideas mientras sueño.
La alegría de viajar es conocer nuevos paisajes, nuevas culturas, visitar sitios o gente querida, sin dudas es una maravilla. El proceso para mi es complicado, pero el resultado divino.
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