miércoles, 17 de junio de 2015

Una verdad con dolor (parte 3)

Sandra empezó a perder la cabeza por David y no sabía qué hacer para que la quisiera. Una noche de viernes, luego de pasarse de copas con sus amigas, quiso pasar de víctima para que él fuese a buscarla así que lo llamó. Sandra era experta en el drama. Llorando, le dijo que estaba muy borracha y que necesitaba que fuera por ella. David, ante la presión, no tuvo más remedio que dejar a sus amigos y buscarla. Apenas lo vió, Sandra se le lanzó a los brazos cual doncella a príncipe azul, pero ese “príncipe” estaba muy amargado y rápidamente notó su sobreactuación. Al intentar besarlo, él apartó su cara. “Tú no estás borracha ni nada! Deja la actuación que no te queda bien!”, le dijo. La respuesta de Sandra fue el silencio, un abrazo y el llanto. Él la apartó bruscamente. –“¿Por qué no me amas? Yo te doy todo lo que tú necesitas y hasta más”, reclamó ella. –“Entiende que no te amo, que lo que pasó aquella noche fue algo de momento, no te quiero y nunca te querré, pinche loca”, respondió David furioso. El sonido de una cachetada retumbó en el lugar que dirigió la mirada de todos los presentes hacia la desafortunada escena. David guardó silencio ante el ruido de la muchedumbre que no paraba de silbar y gritar cosas, dio media vuelta y salió. Sandra sólo atinó a limpiarse las lágrimas y gritar: “te acordarás de mi, David! Te va a pesar toda la vida!”.
El tiempo pasó pero Sandrá no olvidaba el desprecio al que había sido sometida. La venganza sería su plan así que quiso hacerlo hiriendo a David donde más le podía doler. Averiguó en la oficina y, quién si no, “el pecoso” se encargó de darle los detalles sobre el idilio que David sentía por Blanca Inés. Sandra emprendió la marcha contratando un maquillador para hacerle lucir como si le hubiesen dado una paliza aunque su rostro poco agraciado también colaboró. Sin previo aviso, Sandra entró a Cobol gritando y llorando. “Ven y pégame delante tus compañeros si eres tan macho”, exclamaba. El sonido de una taza caer fue lo único que despertó a David del sobresalto que le dio ver a Sandra gritar. Blanca Inés se había dado cuenta de todo. Sólo pudo murmurarle “yo no hice nada” al pasar por su puesto de trabajo mientras un guardia de seguridad le acompañaba a la gerencia. El suceso se hizo chisme y se expandió por toda la compañía. El tío de Sandra presionó tanto por el despido de David que él solo pudo renunciar ante el escándalo. Mientras se marchaba, sólo podía pensar en Blanca Inés. No le importó que lo miraran, él sólo buscaba entre la gente a ella. A su Blanca Inés. De nuevo, no la encontró. Ella lloraba, una vez más, en un sitio oculto ante el consuelo de Paula.
Aún sin capacidad de reacción, David no había concluido de vivir esa pesadilla. Al llegar a su casa, le esperaban unas maletas en la puerta. Su madre al verlo le abofeteó y le espetó que estaba avergonzada de él. David ignoraba el hecho que Sandra se había hecho con una prueba de embarazo falsificada que le entregó a doña María a quién también le enseñó las “heridas” que le habían causado sus “golpes” no sin antes decirle que también a causa de ese maltrato había perdido el bebé. Sin trabajo y sin hogar se halló David en el andén frente a la que era su casa cuando decidió acudir al único amigo que le quedaba. Sancho, con una sonrisa amplia, lo recibió y le adecuó el cuarto donde se guardan los chécheres para que pudiera dormir. Así, entre muebles y cosas viejas pasó David muchas noches nunca sin olvidar el momento en que esa mujer arruinó su vida.
Aquella pregunta en la entrevista de trabajo le hizo recordar aquél mal trago que la vida le hizo beber. Afortunadamente para él, obtuvo el empleo. David renacía y volvía a tener una oportunidad para triunfar, eso sí, lejos de Blanca Inés. Meses después, en aquél infierno que fue Cobol, Sancho fue el mensajero de una carta que David escribió de su puño y letra para Blanca Inés…
“Hola. Ha pasado mucho tiempo desde que te vi por última vez. Lástima que las circunstancias no hayan permitido que me despidiera de ti. En el fondo sabes que soy incapaz de lo que se me acusó. También, en el fondo, sabes que mi cariño por ti es enorme y eso no va a cambiar. Los hombres cometemos errores que nos cuestan caro y muchas veces esos errores hacen que perdamos a la mujer que amamos… Es algo con lo que tenemos que aprender a vivir. Te pido perdón por las lágrimas que te causé, eres una mujer muy buena y mereces lo mejor del mundo. Espero que en un futuro podamos ser amigos y, si llegas a casarte, espero que me invites a tu boda. Con amor, David.”

Fin.

Dedicado a la memoria de Vicente Padilla. Nunca te olvidamos, tío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario