martes, 16 de junio de 2015

Una verdad con dolor (parte 2)

En medio de un guayabo enorme, David se despertó. Se preguntó dónde estaba tras percatarse que el techo no era de su cuarto. Había perdido la noción del tiempo y del espacio. Al ver a Sandra -sin maquillaje- a su lado, se espantó un poco. Ella despertó sonriente y sin decir una palabra le estampó un beso con sabor a aguardiente. Él se asqueó pero no hizo gesto pues él tenía el mismo aliento. Siguiendo su protocolo antiguo, David invitó a desayunar a Sandra para no ser descortés, quien de nuevo gustosa aceptó. Mientras comían, ella hablaba y hablaba como si estuviera dando un discurso y él, mientras solo observaba y asentía a todo lo que ella dijera, pensaba en esa mujer de ojos azules que lo volvían loco y, cómo no, en el desastre de la noche anterior. Luego del desayuno, intercambiaron números de celular y tomaron caminos distintos. Todo había terminado... Al menos eso creyó él.
Al llegar a la casa recibió un regaño monumental de Doña María, su madre. Doña María es una señora muy religiosa, líder de un grupo de oración de señoras de su misma edad que no tienen otra cosa que hacer los fines de semana que meterse a una iglesia a empuñar un rosario y hablar sobre Dios, el diablo, el pecado y la vida eterna. A David le fastidiaba mucho ese tema pues era ateo y para él, Dios es un invento de la humanidad para sentirse especiales en un universo vacío; algo muy contrario a lo que profesaba su madre quien con biblia en mano y citando versículos le daba sermones mientras entraba a su cuarto.
Tras recuperar el sueño, recibió un mensaje al celular. Era Sandra diciéndole que había pasado una noche mágica junto a él y que nunca lo olvidaría. David se echó a reír pues para él solo había sido una noche, nada especial, de sexo por despecho y alcohol. Sin embargo, su risa se convirtió en tristeza al recordar esa última mirada de Blanca Inés al salir de la fiesta de la oficina. Con la mirada perdida en su número de teléfono, David quiso hablar con ella, pedirle disculpas y decirle que la amaba a pesar de todo lo que había pasado entre ellos. No tuvo ni un gramo de valentía para marcar el número. Pensó que ella no le iba a contestar.
Llegó el lunes y David no sabía cómo iba a reaccionar al ver a Blanca Inés. Tuvo que hacer un esfuerzo grandísimo para darle los buenos días mientras pasaba por su puesto. Tras ser ignorado, no tuvo más remedio que callar y marcharse al cubículo que le habían asignado para sus labores. David se dió cuenta que estaba en boca de toda la oficina por su encuentro furtivo con Sandra. La cosa no podía más que empeorar sobretodo cuando apareció "el pecoso" con una sonrisa de imbécil a hurgar sobre la vergüenza que pesaba sobre sus hombros. "Oye... ¿para dónde te fuiste después?", preguntaba para sacarle información de la noche que compartió con Sandra. Una palmada en el hombro como señal de incredulidad fue la contestación a la respuesta y a la sonrisa hipócrita que David alcanzó a replicar. Su fastidio crecía conforme al murmullo. Sus compañeros sabían de su compleja relación con Blanca Inés e intuían en qué había acabado la noche con Sandra. Esperaban de él una declaración de culpabilidad. David sólo pudo amargarse más tras el saludo de buenos días de su cómplice nocturna.
Pasaron los días y aunque David trataba de amoldarse a su situación de no hablarse con Blanca Inés, se sentía incómodo. Sandra era persistente: todo el tiempo le pedía que se vieran para, al menos, hablar. Finalmente, luego de muchas negativas, aceptó verla en un café. Ella le besó muy cerca a la boca lo que a él le extrañó. Varios cócteles después, se besaron labio a labio. Sandra le dijo que él le gustaba y que quería manejar las cosas con calma. "¿De qué calma hablas?", preguntaba un confundido David que no entendía cómo un momento de diversión había llegado hasta ese punto. Como un torrente a su cabeza, recordó un detalle que dejó pasar por alto aquella noche de locura: Sandra tenía novio. "Daniel me es infiel, así que no importa. Además esa noche nuestras almas se conectaron. Quiero empezar algo lindo contigo", fueron las palabras de una muy segura Sandra que dejaba a un David estupefacto. Sólo alcanzó a contestar que eso no podía ser antes de pagar la cuenta y dejarla sola en el lugar.
“Pinche vieja loca”. Era todo lo que pensaba David cada vez que recordaba las palabras de Sandra sobre esa noche loca. A veces, hasta se carcajeaba solo. Lo que no esperaba es que Sandra no se rendiría tan fácil como para dejarlo ir tan campante. A su vez él tampoco se rendía con Blanca Inés. Consideró un logro que volviera a contestarle los buenos días, así fuese de forma seca. Sandra intentaba convencerle texteándole que se había excedido; él le respondía que no quería nada con nadie, que esa noche había sido un error, que no quería saber nada más del tema... Nada fue suficiente. Ante la insistencia, David finalmente aceptó que se vieran en la casa de ella tras la promesa de un detalle para él y la tranquilidad que no iban a estar solos. Fue ingenuo al decir sí.
Sandra le esperaba sola en casa, con una carta en una mano y unos chocolates en la otra. Mientras David lee la carta que tenía para él, ella destapa un chocolate y se lo da en la boca. Conmovido ante cada palabra que leía, olvidó la "loca" conversación en el café y vio una actitud diferente. Ante lo que era un "abrazo de despedida" que Sandra le había pedido, se vió acariciado en la nuca mientras besaba su cuello. Cediendo ante sus más bajos instintos, David respondió a las caricias con besos mientras introducía su mano en la blusa de ella. La pasión embargó a Sandra quién desvistió a ambos con fervoroso deseo. La soledad de la casa dio paso al sexo desenfrenado en el sofá. Este era el verdadero detalle que tenía para él: atraparle dándole placer para olvidar a Blanca Inés y enamorarse de ella. Pero en David pudo más la culpa y el recuerdo de su amor platónico que el cariño; se vistió rápidamente y se marchó dejando a Sandra muy frustrada.
Sandra empezó a perder la cabeza por DavCONTINUARÁ...

No hay comentarios:

Publicar un comentario