lunes, 27 de abril de 2015

La boda

Fue un viernes atípico en la oficina, el trabajo no paró en todo el día y los jefes exigiendo como si fuera lunes, tanto así que no hubo ni ganas de ir a tomar un par de cervezas para celebrar que el fin de semana había llegado. Recuerdo que llegué a casa a eso de las 7 de la noche, el hambre me volvía loco y fui directo a la nevera, cuando ya voy camino a mi cuarto observo una tarjeta de matrimonio tirada en la mesa. “Oh, tenemos boda” me dije mientras ya saboreaba el trago de esa recepción, al abrir el sobre me he quedado sin palabras: Blanca Inés se casaba.
Si, Blanca Inés, la chica que se escapó de mi vida, la que no fue mi novia, en realidad no hay etiqueta existente para describir esa relación, Blanca Inés es el tipo de mujer que cualquier hombre desea presentar en su casa para obtener la bendición de los padres, ella es esa mujer de la que uno le habla a su mejor amigo diciéndole “quiero que ella sea la madre de mis hijos”, ella, simplemente la indicada. Blanca Inés le hace honor a su nombre, su piel es blanca, más bien diría que pura, unos ojos azules como las playas de Cancún y un cabello negro y largo que casi alcanza a jugar con sus nalgas, sus medidas no son perfectas pero eso no importa, la curva de su sonrisa te hace olvidar la de su cuerpo, y sin hablar del corazón de oro que posee.
Me he quedado frío, he frotado mis ojos para ver si no es un espejismo la tarjeta que estoy viendo, todavía no creo que Blanca Inés, MI BLANCA INÉS se casa, como desearía que fuera otra Blanca Inés pero no hay más, es ella, sigo en etapa de negación. Sin dudarlo he levantado el teléfono y he llamado a mi novia, le he dicho que era imposible que nos viéramos esa noche, le he dicho una mentira típica de novio: “Sancho, mi mejor amigo, tiene problemas y necesita hablar conmigo”. Y si, pero el de los problemas era yo, no quería aceptar una realidad que se avecinaba, también le he dicho que teníamos pronto una boda y que saldríamos a comprar un vestido para ella, mi novia simplemente contestó con un ok y sin despedirse colgó el teléfono. También he llamado a Sancho, lo invité a un bar para contarle la noticia y aceptó sin reparos.

Llegué al bar y pedí una cerveza, sabía que Sancho demoraría pues toda su vida se ha caracterizado por ser impuntual. 3 cervezas después apareció Sancho, sin dejarlo llegar le mostré la tarjeta, su expresión de sorpresa se borró de su rostro al abrir el sobre y descubrir el nombre de la persona que contraería matrimonio en los próximos días. “Esas no son penas” me decía Sancho, al tiempo él le encargaba al mesero una botella de ron. Entre trago y trago Sancho y yo analizamos la tarjeta, estaba hasta perfumada (Chanel #5 quizás), el nombre del novio era árabe, tal vez era un jeque de esos de Dubai que tienen edificios de 100 pisos, 5000 camellos y se limpian el trasero con papel higiénico de oro, a la final eso no importa ya, tiene el tesoro más preciado: Blanca Inés. Intenté estar de buen ánimo esa noche, lo juro, pero fue imposible, yo también tengo pareja y un empleo, eso es un lujo que muchos no se dan en este país, pero nada de eso impidió que estuviera triste a pesar de haber cantado rancheras abrazado de Sancho, tampoco ayudó que la mesera de pecas me dejara escrito en una servilleta su número de teléfono.

CONTINUARÁ...

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