Fue un viernes atípico en la
oficina, el trabajo no paró en todo el día y los jefes exigiendo como si fuera
lunes, tanto así que no hubo ni ganas de ir a tomar un par de cervezas para
celebrar que el fin de semana había llegado. Recuerdo que llegué a casa a eso
de las 7 de la noche, el hambre me volvía loco y fui directo a la nevera,
cuando ya voy camino a mi cuarto observo una tarjeta de matrimonio tirada en la
mesa. “Oh, tenemos boda” me dije mientras ya saboreaba el trago de esa
recepción, al abrir el sobre me he quedado sin palabras: Blanca Inés se casaba.
Si, Blanca Inés, la chica que se
escapó de mi vida, la que no fue mi novia, en realidad no hay etiqueta
existente para describir esa relación, Blanca Inés es el tipo de mujer que
cualquier hombre desea presentar en su casa para obtener la bendición de los
padres, ella es esa mujer de la que uno le habla a su mejor amigo diciéndole
“quiero que ella sea la madre de mis hijos”, ella, simplemente la indicada.
Blanca Inés le hace honor a su nombre, su piel es blanca, más bien diría que
pura, unos ojos azules como las playas de Cancún y un cabello negro y largo que
casi alcanza a jugar con sus nalgas, sus medidas no son perfectas pero eso no
importa, la curva de su sonrisa te hace olvidar la de su cuerpo, y sin hablar
del corazón de oro que posee.
Me he quedado frío, he frotado
mis ojos para ver si no es un espejismo la tarjeta que estoy viendo, todavía no
creo que Blanca Inés, MI BLANCA INÉS se casa, como desearía que fuera otra
Blanca Inés pero no hay más, es ella, sigo en etapa de negación. Sin dudarlo he
levantado el teléfono y he llamado a mi novia, le he dicho que era imposible
que nos viéramos esa noche, le he dicho una mentira típica de novio: “Sancho,
mi mejor amigo, tiene problemas y necesita hablar conmigo”. Y si, pero el de
los problemas era yo, no quería aceptar una realidad que se avecinaba, también
le he dicho que teníamos pronto una boda y que saldríamos a comprar un vestido
para ella, mi novia simplemente contestó con un ok y sin despedirse colgó el
teléfono. También he llamado a Sancho, lo invité a un bar para contarle la
noticia y aceptó sin reparos.
Llegué al bar y pedí una cerveza,
sabía que Sancho demoraría pues toda su vida se ha caracterizado por ser
impuntual. 3 cervezas después apareció Sancho, sin dejarlo llegar le mostré la
tarjeta, su expresión de sorpresa se borró de su rostro al abrir el sobre y
descubrir el nombre de la persona que contraería matrimonio en los próximos
días. “Esas no son penas” me decía Sancho, al tiempo él le encargaba al mesero
una botella de ron. Entre trago y trago Sancho y yo analizamos la tarjeta,
estaba hasta perfumada (Chanel #5 quizás), el nombre del novio era árabe, tal
vez era un jeque de esos de Dubai que tienen edificios de 100 pisos, 5000 camellos
y se limpian el trasero con papel higiénico de oro, a la final eso no importa
ya, tiene el tesoro más preciado: Blanca Inés. Intenté estar de buen ánimo esa
noche, lo juro, pero fue imposible, yo también tengo pareja y un empleo, eso es
un lujo que muchos no se dan en este país, pero nada de eso impidió que
estuviera triste a pesar de haber cantado rancheras abrazado de Sancho, tampoco
ayudó que la mesera de pecas me dejara escrito en una servilleta su número de
teléfono.
CONTINUARÁ...
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